La obra de Ruibal es siempre una fiesta. Música de Satie o John Cage en un bosque de luz. Un acontecimiento de sensibilidad, de lisura, de olor a naturaleza. No hay en Galicia un pintor a la par en capacidad para ir por delante. Ni en España. Es un
pintor de líneas, de trazo exquisito, de toque cargado de feracidad. Sólo un espíritu fino, ascético, sobrio, conspicuo, es capaz de crear un paisaje impresionista con una meguez de pastel sobre cartón. También lo hace con el acrílico, pero con el pastel se sublima y deja huellas de cimas que sólo transita la nobleza expresiva de un carácter indomable.
En las salas del Museo Provincial de Lugo, Praza da Soidade, Ruibal acaba de inaugurar una muestra de obra reciente con rubro: Azul Inmenso Atlántico, comisariada por el maestro Xosé-Antón Castro. Pinturas y esculturas, que se ramifican en una diversidad de
menhires de un cromatismo donde dialoga el fulgor cromático y el gris moteado del granito. Son diversas las sensaciones, pero la percepción es una: emoción y misterio. Su sugerencia perspicaz construye su idiolecto.

Decía Maeterlinck que toda vida vista de cerca es grande. La de Manolo Ruibal lo es. Cada vez lo veo más protagonista de un film donde se alían lo novelesco y lo real, la fantasía y el talento, la inspiración y el aliento poético, el talante y la obra de un generoso cantor de su tierra, el más afinado. El mismo año que muere Cándido Fernández Mazas nace Ruibal, 1942; los dos tienen un aroma a Modigliani en sus inicios y los dos captan la huella más sensible que define la galleguidad.
Un hombre que nace en una prisión, hoy palacio de Justicia; que debe buscarse la vida desde la adolescencia, aprendiz de todo, autodidacto raptado por la pintura; trashumante por España, Francia, Italia, New York y que acaba alquitarando la quintaesencia de la expresividad plástica, ¡ya me dirán qué sugiere! La vida y obra de Ruibal esperan denodadamente a un guionista avizor, que sepa poner en fotogramas esa vida de novela mayor y de cumplida humanidad y de humanismo.
Poeta, pintor, escultor, autor de narraciones breves, lector reiterativo, ha sabido, con diferentes técnicas y materiales, tejer una taracea que refleja como un espejo limpio la imagen de su entidad. Desde una figuración vanguardista ha ido derivando hasta la línea, la mancha leve, lo mínimo para expresar lo máximo. Lo evidencia esta obra exhibida en Lugo, grandes cartones rizados, con impresiones lineales que evocan playas, el mar, el horizonte de una puesta de sol estuosa, el azul y el azar ahormando una obsesión de nostalgia. Las obras de Manolo son su etopeya.
Una exposición desnuda, abierta, sencilla, que reta al espectador a sentir, a concentrarse, a buscar aquello que le altera el latido y la conduce a la plenitud. Parecieran obras iguales, pero todas son distintas. Allí lo único igual es su mano. Su forma de hacer cielos, de decir mares, de sembrar menhires que van creciendo como los saguaros en el desierto. Es una suerte que la muestra esté magníficamente montada, lo que ayuda a entender la fiesta en la que nos encontramos.Quién le descubra ahora, debiera saber de dónde viene. Y Ruibal viene de muy lejos, de sajelar la materia y las formas, de ir quitando lo superfluo para conservar el hurmiento, lo que toca el cerebro y despierta el corazón. Gamas de azules fríos salpicados de arena, de azules noche para la intensidad. Anaranjados para las puestas de sol y los amaneceres fucsias. Todo responde a una gradación del sentimiento, a la gracia que se escapa por la mano haciendo que dance la osadía con loa magia, la caricia con la sorpresa.

Manolo Ruibal viene de hablar con la naturaleza- y ya sabemos lo que decía Nietzsche- , de sentarse en el campo a ver la yerba crecer, de observar el vuelo de las aves, de echarse en un campo de helechos mirando bullir el oro de las estrellas. Viene de crear enjambres de pinceladas en torno a la ensoñación, de insistir con desparpajo en la belleza. De hacer sencilla la complejidad, de cumplir la máxima de Cesare Pavese: ”Hay que ser brillantemente monocordes”.
No tendría sentido, a estas alturas de su proceridad, de reflejar donde ha expuesto y cuántas veces. Basta con observar estos momentos iluminados, esos paisajes ensoñados, esotros menhires hechizados para saber que estamos ante la obra de un mago con duende, que detiene el tiempo en sus propuestas donde su mundo se ordena, se enaltece, se eleva y nos seduce.
Hasta el 24 de agosto se puede contemplar esta propuesta ruibaliana, sutil como un prodigio, cuando ya está experimentando otras sensaciones, otros delirios sobre papeles arrugados, tatuados como las playas por las patas palmeadas de las gaviotas. Hay pintores que se repiten, que descubren lo que venden y se quedan ahí. Ruibal es aventurero, le gusta exponerse, dar un paso más, marchar en precario, sin muletas, al aire de su vuelo. Vuelos titula a sus aforismos, editados o expuestos en cada exhibición.
Ruibal es un creador de coleccionistas más que de colecciones. Los conoce a todos, sabe las obras que tiene cada uno. Tiene en su cabeza el pasado, el presente y el futuro. Y así cumple la máxima de Kahnweiler, el marchante de Picasso. Ruibal es un canto dorado de ave en al niebla, un junco en el vendaval, la cuerda dulce de un stradivarius, que nos regala la melodía de Giuseppe Tartini.
Tomás Paredes
Presidente H. AICA Spain
Ref. imágenes
1.-a.11 -400×284
2.-a.13- 400×284
3.-última hora de septiembre sobre las islas Ons, 2016
Mixta/lienzo 170x250cm.
