
La música del Romancero Gitano de Lorca me acompaña desde que siendo una adolescente leí por primera vez el famoso romance. Lo leí cuando las guerras me eran ajenas y las injusticias no se habían hecho presentes en mi sentir de niña. Lo leí y mi subconsciente jugó con sus versos y con su rima. Era música la que intuía, la que se mezclaba con las palabras. Lo leí sí, y lo olvidé.
Muchos años después, casi toda una vida, ya iniciado el nuevo siglo, volví al Romancero Gitano, mi vida ya vivida, algunas experiencias a mis espaldas. Ya supe de injusticias, de crímenes y de traiciones. Y la música y los poemas de Lorca me rondaban. Me rondaban tanto que comencé a leerlos de nuevo, con mucha calma. Y a medida que los iba leyendo, otra música, muy vocal, me interrumpía. Como si algo desde dentro me dijera que parara, que escuchara aquella voz que quería invocar al poeta; quería hablarle, interrogarle, increparle. Quería, al fin, ponerme en contacto con él.
Dice Juan Manuel Rodríguez Tobal en el prólogo que escribió en mi libro “Once poemas a Lorca”, que es la primera parte de éste: “Si la escritura de un poema es la realización de un diálogo entre el poeta y su persona en primer lugar, y entre el poeta que está en el poema y el lector en segundo lugar, Concha Pelayo nos propone en estos romances suyos un diálogo de vuelta en exactos términos: con los poemas de Lorca en primer lugar, con el Lorca de los poemas luego, con su propio yo lírico después, para dar finalmente en un diálogo con nosotros mismos, inmersos definitivamente en este mundo de reflejos sin límite.”
Juan Manuel ha verbalizado con exactitud lo que yo sentía y quería expresar, un diálogo de hombre a hembra, donde se reflejara y quedara patente el sentimiento de las mujeres a las que apenas se les dio sitio. Hoy, por fin, su coraje y su evolución ya han sido puestos en escena.
Después de la publicación de Once poemas a Lorca, sentí otra vez la voz del poeta y volví a jugar con sus poemas, con el resto de poemas que componen el Romancero Gitano. Y como el criminal que vuelve al lugar del crimen, volví una y otra vez a releer sus versos. Y su voz me perseguía y yo sentía la necesidad de responderle. Él me decía y yo contestaba. Y mi diálogo con Lorca era fluido, incesante, intenso. Y así volví a alzar mi voz de mujer para decirle lo que sentía al poeta español más universal de todos los tiempos.

Y por segunda vez el juego de espejos cumplía su cometido.
++++++++++
Y ahora, por fin, cumplo conmigo misma y con el compromiso íntimo que debía al Romancero Gitano de Lorca.
El libro que el lector tiene en sus manos incluye la primera parte de mi anterior trabajo, Once poemas a Lorca, ya publicado,más los siete restantes que completan el total del Romancero Gitano de Federico García Lorca. En ellos se recogen intensos momentos de introspección e intimidad donde intento acercarme al poeta siguiendo su misma rima y música, pero incorporando mis propios versos a modo de respuesta.
Por casualidad he viajado muy recientemente a Granada, y he visitado el Huerto de San Vicente y el interior de la casa donde Federico García Lorca pasaba los veranos. Allí pude aspirar el mismo aire que acarició al poeta y percibir la misma fragancia del azahar y de las rosas que lo impregnaba todo; y sentir en mi pecho la misma sensación de ligereza y plenitud que sentiría Lorca y de la que yo me dejé contagiar.
Mientras cerraba los ojos imaginaba a Federico nutrirse de aquel ambiente inspirador, de aquellos murmullos que se filtraban por las ventanas en las noches de verano. Lo imaginaba allí, cuando la casa se quedaba en silencio, y las criadas faenaban en la cocina y él sentado en una de aquellas sillas escuchaba con deleite todo lo que decían, que no sería más que dimes y diretes o secretos de vecindario.
Cuántas de aquellas conversaciones servirían a Federico para construir sus magistrales piezas teatrales.
Llena de emoción recorrí con mis ojos tan sagrado lugar, un espacio donde Federico nos dejó su esencia y su espíritu, vivos todavía.
Allí me resultó más fácil volver a introducirme de nuevo en sus versos y estrujarlos hasta hacerlos también míos. Tuve la sensación de que me fue entregada una llave mágica con la que podía abrir cada uno de sus poemas para intentar extraer algo más de ellos. Y así fueron saliendo, verso a verso, todo lo que yo quería decirle al poeta para que volviera a repetirse el mismo juego de espejos.
Soñar es fácil y los sueños atrevidos. Ellos me llevan de nuevo al Huerto de San Vicente, subo por la escalera a la segunda planta y me cuelo en la habitación de Lorca. Y allí, frente a frente, de tú a tú, charlamos como dos grandes amigos hasta el amanecer, bajo la luna de Granada.
“Los cuatro muleros”
Ven pronto pacasa mario mío
que te espero entre sábanas
de hilo fino.
De los cuatro muleros que van al agua
el de la mula torda me roba el alma.
Ven pronto pa casa
no te entretengas
no sea que otros ojos
me hagan su prenda.
De los cuatro muleros que van al río
el de la mula torda es mi mario.
“Preciosa y el aire”
No te tengo miedo, Viento
ni quiero que me defienda
el cónsul de los ingleses.
Ni que me den a beber
ginebra, ni tibia leche.
No te tengo miedo, Viento,
corre, corre, ven a verme,
toca mi cuerpo desnudo,
mi vientre de nácar hierve.
Ven a enredarte en mis muslos
y en mi cintura caliente.
No tengo miedo a tu espada
ni a ese fuego que te pierde.
Mis pechos tiemblan desnudos,
la boca se me humedece.
No te tengo miedo, Viento,
ni quiero que titubees.
Ven al punto, no te pares,
ni que te detenga el Frente,
ven a beber de mis labios
de estos besos que te muerden.
No te tengo miedo, Viento.
