Prior, Manuel Prior, pintor, es uno de los expresionistas españoles más conspicuos, segundad mitad del XX/primer tercio del XXI. La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha organizado una muestra antología de su obra, rubro “Prior, 70 años de pintura, desvelando lo que la realidad esconde”. Se inauguró en el museo de Santa Cruz de Toledo, viajó luego a Valdepeñas y ahora está en el antiguo convento de la Merced, Ciudad Real, hasta el 10 de noviembre; aún hay tiempo para disfrutar de la capital ciudadrealeña y del cromatismo revoltoso y fiero de sus obras.
Se repite adunia que una golondrina no hace verano, que un poema no identifica a un poeta, que un cuadro no refleja la dimensión de un pintor, que una escultura no avala la solercia creativa de un escultor. ¡Agua de borrajas! Hubo un tiempo en el que el arte no se valoraba por el tamaño- hay miles de ejemplos: Mantegna, Vermeer, Manolo, Larrumbide- Cuando aparecieron los Centros de Arte Contemporáneo, se inició una deriva disparatada: comprar piezas de tamaño descomunal; los espacios eran amplios y había que llenarlos con rapidez. Eso varió la dinámica de los autores, atentos a los precios, y ambas circunstancias arruinaron el coleccionismo privado, algo peligroso.
Desde buena parte de la segunda mitad del s. XX, el coleccionismo público facilitó la clonación de excesivas colecciones y acabó con esa pluralidad real que mantenía el coleccionismo privado. Esto y la osadía de los famosos “comisarios” ha enervado, deteriorado, la intensidad del coleccionismo particular, que mantenía la diversidad no excluyente. El arte es plural, lo demás son conveniencias cuando no presiones de lobby gansteril.
¡Si me emociona una escultura de Pedro Quesada, no puede ocurrir lo mismo con un destello conceptual de Duchamp? ¡Si me fascina Mozart, no puede hacerlo la armónica de Sonny Boy Williamson II? Me interesa tanto Esquilo como Wallace Stevens, Alberto de Lacerda como Claudio Rodríguez, Alessandro Marcello como Bob Dylan, por razones distintas.
El arte no se aprecia por la longitud de sus formatos, sino por la intensidad y hurmiento de su esencia. El tamaño nunca es determinante. ¿Son las estatuillas cicládicas menos hechiceras que los moais de la isla de Pascua? El misterio, la belleza, la fuerza de una obra de arte no está en relación directa con sus grandes dimensiones, sino con su capacidad de ser tiempo, con su energía para crear espacio, con la sensación que produzca. El arte es exergónico o se convierte en fetiche banal, en objeto inane.
Todo esto viene a cuento de un cuadrito excepcional de Prior, Payaso verde, 1970, acrílico/táblex,47×42 cm, que identifica el idiolecto más puro del pintor. Prior, más que pintor de veta brava, es un destello del corazón del expresionismo. Comenzó realista, tanto que, achacaban a sus obras ser fotografías. Para defenderse de los ignorantes tuvo que deformar para desvelar lo que la realidad escondía. Y se hizo expresionista, gestual anárquico, limpio, feraz, incontrolable, salvaje, expandido.
Fue autodidacto en un principio, cuando más realista era. Luego, poco a poco, se fue instruyendo, viendo pintura, decantando hacia esa expresividad que se embriaga con el color y danza con el delirio. El sueño, ebrio de cromomaquias, le obligó a dejar una impronta genuina, una huella exultante, esmaltada de deslumbramientos y faltas de ortografía. ¡Los viejos maestros del cante decían que el flamenco hondo se cantaba con faltas de ortografía!
Ese Payaso verde, con pellizcos de jalde, de blanco, de fuego, de algas, de veronés, gesticulando entre grises y entre sombras, cuya figura desmembra hasta conseguir ahormar un grito plástico, es el abrazo de un escozor y una alegría, un epitalamio del misterio y la emoción. En un espacio breve, porque el impacto del arte, su dimensión, no precisa grandes formatos, sino la fuerza que genera el hechizo de la esencia, invisible, sin volumen, sólo potencia, todo vivencia.
En su exposición actual hay obras de amplitud generosa, de raigambre feraz, de impacto, algunas cabezas soberbias, pero pocas con la eficacia de este breve desafío, atrevido y rotundo, elegante, como es un payaso verde, que concita toda la gloria y la grandeza de su género. Las cromías dibujan una cartografía de emociones, que la sensación procesa, privilegiando la percepción de los sentidos. Más que referencias son trazos activistas, provocaciones que esbozan un concepto distinto de lo que vemos.
Algunos no lo verán así, porque no se atreven a ser libres, porque temen volar, porque temen; a estos les recordaré aquella exhortación de Friedrich von Schiller: “Abrid las alas y lanzaos / a volar con valentía / muy por encima de vuestro tiempo/ y que en vuestro espejo / tenuemente, empiece a amanecer el futuro”. Así voló Prior por encima de su tiempo, haciendo de su presente su futuro, de su futuro su pasado, aunando todos los tiempos en uno, simbolizando la emoción eviterna, la que permanece, como hizo T.S. Eliot en La tierra baldía. ¡El miedo paraliza, la inocencia hace el viaje más limpio y más diáfano, más generoso!
Tomás Paredes
Presidente H. AICA Spain
