LAS LÍRIDAS, EL AZAR, LA EMOCIÓN, ESPERANZA…

7 mayo 2024

Creer que conocemos, nos impide conocer. Estamos siempre obligados a mirar como si fuere la primera vez, si no queremos pasar por la vida sin enterarnos. Lo decía con fundamento Albero Caeiro: “Vale mais a pena ver uma cousa pela primeira vez que conhece-la. / Porque conhecer é como nunca ter visto pela primeira vez. / E nunca ter visto pela primeira vez é só ter ouvido contar”. Pero, nos confiamos y renunciamos al placer de descubrir y de asombrarnos, que es ya comenzar a comprender.

Escribo estas líneas en tiempo de líridas. Las líridas son esa lluvia de estrellas que se produce en la última decena de abril. Y no es casual que, la estrella más brillante de la constelación Lyra, se llame Vega, como Esperanza, Esperanza Vega. Los franceses, y todos lo sabemos, suelen decir que el azar hace muy bien su trabajo.

La emoción es salvaje como los volcanes, los vientos y las tormentas. Y aunque pretendamos guarecernos o reprimirla siempre acabamos empapados. La emoción es una reacción psicosomática incontrolable. A poca sensibilidad que tengamos, ante ciertas sensaciones la emoción surge como un géiser de fuego que deviene agua.

El canto, solista o coral, es la melodía del espíritu de una persona, que se hace audible a través de sonidos rítmicos y armónicos genuinos. También los animales cantan, y las flores y el sol. Algunos con la magia del ruiseñor, que embruja la noche, o la alondra que anuncia las luces vinosas del amanecer,Shakespeare dixit.

Creemos conocer a las personas y damos por hecho su propicia capacidad, hasta que nos descubren que pueden hacer aquello que no pensábamos. Esperanza, Esperanza Vega es concejala de Cultura del Ayuntamiento de Fregenal de la Sierra y profesora de Matemáticas del Instituto Eugenio Hermoso de la localidad. Y ahora, directora de la Coral Frexnense y de la Escolanía de la Coral Frexnense.

Todos sabemos de su generosidad, de su actitud liberal y de su nobleza. Yo la había oído cantar en la coral, pero ignoraba su aptitud para dirigir. ¡Y qué energía en dar entradas y salidas, en reconducir los aciertos y los desvíos! Este año, en los festejos de Fregenal, se daba una novedad: la actuación de la Escolanía y cuando ordenó a aquella pléyade de sonidos infantes y con la suavidad de una meguez comenzaron a cantar Caresse sur l’ océan de la película Los chicos del coro, mi emoción se desbordó.

Los niños templaban la voz y como un enjambre de ángeles con voces de nieve hacían de mi emoción un incontenible desafuero. Esperanza se movía con una soltura que ni Celibidache, alzaba sus brazos como si fuere a volar y los niños elevaban la armonía de su inocencia en una plegaria infinita. El corazón henchido, las lágrimas rodaban por mis mejillas, como gotas de lluvia en un cristal. No quería, pero no lo podía evitar.

Después cantaron Let It Be de los Beatles y Los Pinitos de la Virgen del folclore frexnense. Cuando acabaron aquello fue la locura: aplausos, gritos, besos, achuchones; los padres orgullosos de sus hijos, sacando pecho. Y Esperanza, ladeada en un costado, como si nada, aparentemente, porque también estaría afectada por aquella catarsis comunal. Se palpaba la tensión, la intensidad, la alegría irreprimible de pequeños y mayores: el tropel desconsolado del gozo que se consuma en un momento glorioso.

Yo creía conocer las facultades de Esperanza Vega. Todos los componentes del jurado del Premio Internacional de Pintura “Eugenio Hermoso” saben de sus desvelos y sacrificios cuando estamos allí. Detectamos su ejemplar magisterio docente y su actividad municipal, porque es muy popular. Pero, yo ignoraba esa valentía y este acierto, ese valor y esta solercia para hacer que un grupo de críos se conviertan en un manojo de voces blancas que rivalizan con los sonidos del alma profunda de las sensaciones limpias.

Seguro que existirán más ejemplos, los habrá, pero yo me veo impelido a hablar de Esperanza Vega, porque es lo que he presenciado. En los pueblos, todos creen que se conocen y por eso, muchas veces, no llegan a saber la entidad de sus más próximos. Decía Maurice Maeterlinck, el mágico autor de El pájaro azul y La inteligencia de las flores, que “no hay vidas pequeñas: cuando la miramos de cerca, toda vida es grande”.

Ya sabía que la vida de Esperanza Vega Pereira es grande, por todo lo que hace, por lo que da, por cómo se entrega, por cómo lo hace; pero ignoraba cuánto era de grande. Política de la claridad, ciudadana ejemplar, profesora y ahora conductora de voces púberes que dibujan una calántica de esplendor entre los muros fríos de la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios haciendo mágica la música del maestro Bruno Coulais.

Hay maneras constructivas de vivir la vida para las que la cultura ayuda. Hay otras, que pueden ser no menos dignas, pero sin duda sin el palio de la cultura serán menos feraces. Las alternativas al móvil y las pantallas transmisoras de frivolidad están en nuestras manos, ¡tomémoslas! No dejemos al destino ubicarse en la desafección, la inoperancia y el desaliento.

                                                                                                                  Tomás Paredes

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