CONSTANTINO MOLINA EN PERIFÉRICA

17 noviembre 2025

Las editoriales no son iguales a las galerías de arte, pero cumplen ese servicio imprescindible de mostrar la creatividad de los autores- los de antes y los de ahora- a la sociedad que conforman. Las hay de toda laya y condición; prefiero las pequeñas, porque se mima el producto, se exigen, no como en las más grandes, que tiene una impronta industrial, o eso me parece. 

Editorial Periférica nació en Cáceres en 2006, de la mano de Julián Rodríguez, también galerista, y Paca Flores. Un proyecto, casi silencioso, que ha sabido hacerse grande con aciertos editoriales y cuidadas ediciones. ¡Consulten su fondo, si no lo han hecho aún, y verán si exagero! Ahora, acaba de publicar Niño Parabólico de Constantino Molina, poeta, que crece con esta añada de palabras de la tribu. ¡Hábil puntería editorial!

¿Novela, relatos, ensayo, crónica, ficción, miscelánea? Nada de eso y de todo un poco, lo que no logra camuflarse es la condición de poeta del autor, su ironía y el humor, tan alérgico a nuestros escritores. El inicio es explosivo, como si de un guion exuberante de cine se tratara, si es que hay algún cineasta capaz de llevar esa maravilla a la pantalla. Luego, por momentos, se convierte en ensayo, en crónica de un flâneur baudelariano, que salpica de culturalismo una visión del paisaje y del paisanaje; en canto, cuento, salpimentado de alegría. 

De lo local a lo universal, de lo concreto a la global. Tiene mucho de azoriniano por su análisis de los detalles, de la realidad, sin obviar nombres lejos del eufemismo al uso. Natural y sencillo, sin grandilocuencias, ni afectaciones. El apunte del natural se mezcla con la reflexión, del mismo modo que la seriedad se articula con lo irónico y lo lúdico. Y referencias adunia del arte y la pintura, a las que el poeta se inclina con asiduidad. 

El dibujo del niño parabólico y los momentos parabólicos son un acierto sorprendente. El autor hasta hace nada residía en Argüelles, distrito de Madrid, que acaba en el balcón del parque del Oeste y nos relata sus andanzas por el barrio, incidiendo en ese corte brusco de la ciudad y el campo que se produce en el Paseo del Pintor Rosales, y en las vistas de la torre que angula Rosales y el Pº de Moret. 

El interés capital de la obra es el cómo, más que el qué. En ese tono pausado, pellizcado de humor, donde se mezclan el viejo vendedor de brandy con una plática con Dios, la taberna y la iglesia, Aleixandre y las maracas de Machín, los ojos de la noruega Vilde y los mangantes de relojes Cartier, los cables aceitados y los colores vivos de Guerrero, el ruido de la lavadora y el aire de Velázquez, las sábanas eróticas y la celebración de Claudio, las peculiaridades de Montaigne y la belleza de Rothko.

El único argumento es el recorrido de las calles aledañas a su casa y reflejar momentos diversos de frustración o de gloria. No importa por dónde abras el libro, se lee con gusto y con fluidez. Lo he leído de un tirón y después a ratos, una nueva lectura- se saborea mejor- que me ha dado la imagen de un autor de largo recorrido, que va, más que explicando, dialogando contigo, dirigiéndose a ti sólo; anotando, sin solemnidad, lo que va aconteciendo, poniendo colores a las cosas y al deseo.

“El horizonte es un telón de pomelo y calabaza….” Así comienza la andadura del paseante y termina el libro con dos brandis y un discurso del Rey en televisión, cuya señal se concreta gracias a un festivo momento parabólico. En su anterior prosario, El canto de la perdiz roja en interior, dejaba una secuencia de escenas mágico-realistas y un soberbio retrato de José Bono repeinado. En este collage de percepciones y sorpresas, hay hondas, pero claras reflexiones, metapoéticas, parabólicas, peripatéticas, metafísicas y bocetos de retratos suculentos al carboncillo.

Me ha extrañado la reiteración de la palabra solitud; que no aparezca alguna referencia al taller de Victorio Macho, a Luis Rosales y La casa encendida o a la escultura de Eduardo Rosales realizada por Mateo Inurria: todo cabe su casa.  Aunque, en puridad, interesa lo que está y no el resto. Niño parabólico es un contenido que da solidez, prestancia, a una generación que ha escrito en exceso y con demasiados libros inanes.

Constantino Molina, “en la mitad de la vida”, ha publicado cuatro libros de poesía- el último acaba de amanecer, Premio Cervantes-, exornados con cuatro galardones- Premio Adonais, P. Nacional de Poesía Joven, P. I. Alfons el Magnanim y P. Hermanos Argensola- y dos en prosa, aquí mencionados, que le presentan como un valor incontestable entre los de su tiempo. Un poeta distinto, pegado al suelo/mirando las estrellas, una obra genuina, que se engrandece cuando hace de su intimidad un himno para la vida, tal en su poema “La vendimia”: “Yo vine, por amor, a la vendimia. / Vine para aprender a amar el aire, / el dolor y la alegría….”.

                                                                                                                    Tomás Paredes

                                                                                          Presidente de H. de AICA Spain