Madrid a 15 de Marzo de 2026
Quizá porque la vulnerabilidad forma parte intrínseca del devenir humano, es del todo indiscutible que, desde las más atávicas manifestaciones artísticas, hemos dejado palpable nuestra asombrosa capacidad para trasmutar el territorio físico en territorio simbólico, inaugurando una tradición que atravesará toda la Historia del Arte.
Encontramos muestras de esta singularidad humana ya en el arte Prehistórico parietal que hemos tenido la fortuna de conocer, nítidamente un espacio espiritual integrador en la vida de los grupos. Los lienzos rocosos paleolíticos no plasman la naturaleza como escenario externo sino como un escenario donde lo visible y la invisible pueden conjugarse, un entorno simbólico para la supervivencia y la conexión con lo trascendente. El mundo pintado más que descriptivo deviene performativo: actúa sobre la realidad.
Todo el transitar artístico pictórico del mundo antiguo y medieval está poblado de aquella posición simbólica humana teñida en esa etapa de tinte narrativo y pedagógico, baste el ejemplo de la obra de El Bosco (Hieronymus Bosch) cuyas tablas son territorios morales, verdaderas cartografías del alma humana en las que el paisaje funciona como estructura narrativa y moral. Tal vez será el movimiento Romántico el que muestre más resueltamente la construcción del paisaje como un espejo espiritual desplazando la alegoría moral medieval hacia la experiencia subjetiva, hacia ese concepto de lo sublime que lienzos como los de Caspar David Friedrich transmiten sobre el sujeto moderno.
Las exploraciones, turbulencias y debates artísticos del siglo pasado, partiendo de las primeras vanguardias, evidenciaron la creación de mundos pictóricos en los que el paisaje actúa como escenario para lo onírico y subconsciente, un sistema de signos que, en el caso palmario del surrealismo, cuestiona la percepción y juega a la ambigüedad, en la memoria quedan para atestiguarlo los enigmáticos juegos de luces de las piezas de René Magritte.
Multitud de creadores contemporáneos han resignificado la tradición del paisaje simbólico, convergiendo en una misma lógica, el mundo exterior funciona como metáfora, el espacio pictórico deja de ser una ventana de representación del mundo, ha postergado su ambición por la simulación del entorno natural, para mutar el lienzo en un contenedor de acontecimientos propios, una estructura en la que se fragua, con suerte, el mundo conceptual y discursivo del artista, aunque, como bien apuntó la mirada de Rosalind Krauss, este paisaje interior alude más que a la expresión de una práctica artística, es también construcción cultural y formal, un campo autónomo de exploración inmerso en sistemas visuales e históricos desde los que cada creador, impregna su propia subjetividad individual, porque actúa como un ámbito de pensamiento, una operación crítica en la que operan tensiones formales. El paisaje se redefine así como territorio conceptual no exclusivamente contemplativo, más bien como tierra fértil en la que brota la idiosincrasia y la singularidad artística.
Para Yubo Fernández (República Dominicana 1979), artista de versatilidad apabullante donde las haya, plena de vitalidad y exuberancia creadora que, en su ya consolidada trayectoria, ha sabido adaptar su narratividad plástica a formatos cinematográficos, performáticos, escultóricos y destacadamente pictóricos, el paisaje simbólico es un territorio recurrente.
Heredera de una tradición artística profundamente vinculada a la investigación de la identidad, la memoria y la realidad social. El arte dominicano refleja una constante exploración de su definición cultural en el contexto caribeño donde tradición, mestizaje y modernidad dialogan de manera permanente. Digna continuadora de otras grandes artistas dominicanas como Celeste Woss y Gil o Belkis Ramírez, comparte con Elsa Núñez, quizá el referente contemporáneo más conocido en Europa, la constante indagación de las dimensiones abstractas de la naturaleza, la búsqueda de las vetas mágicas de lo invisible.

La pintura de Fernández, asertiva y rotunda, de sólida base dibujística, en la que el dibujo no está constreñido a una función imitativa sino más bien a una suerte de herramienta lúdica de libre de trazo que traslada el torrente sensible desde un cerebro volcánicamente creativo y termina en una mano ágil, se degusta y se siente plena de fuerza expresiva acertadamente enlazada con un sentido multicolor de la existencia.

Como la propia autora verbaliza, su trabajo está atravesado por conceptos tales como tránsito, metamorfosis, espiritualidad y, de manera singular, la exploración del origen. No es baladí por tanto que para sus últimas pinturas presentadas en Madrid: “Cigua Palmera, cartografía del vuelo” haya elegido un pájaro endémico de la República Dominicana un ave no migrante, sempiterna en la jungla de la isla, un trasunto de la idea de libertad contrapuesta a la de permanencia.
Esa dualidad recorre significativamente su obra, la raíz caribeña de ese sustrato expresivo colorista reflejada en esa profusión de bosques y selvas en la que se asientan los azules y verdes profundos, expuestos sin timideces, con afirmación, que brotan de un alma cuya huella identitaria pertenece a un país de innegable belleza natural, tal y como menciona el curador de la muestra Julian Kunhardt: están en la memoria sensorial del Caribe.
Sólo que esa belleza está trabada aquí como la base de los territorios emocionales que asoman en cada pieza, tatuada con la estructura de un dibujo vibrante, honestamente procesual que se puebla de símbolos, cuerpos mutantes femeninos con cabezas de ave, ojos que contemplan el vuelo o el arrebato del mar, “Caribe Místico” que recuerda a la plástica que el expresionismo abstracto trajo al primer plano de la visión. Una suerte de vehículo para significados culturales y afectivos, paisajes espirituales, de profundidad meditativa, en un imaginario de protagonismo gestual y sensual. Una voluntad intrínseca de trasponer el vuelo de la cigua a la policromía lírica.

Las piezas de Fernández atestiguan geografías interiores de narratividad profusa, pobladas de significantes identitarios y entretejidas en paisajes introspectivos que recorren aquella senda simbolista iniciada en los albores del Arte, metáforas de la frágil alma humana enfrentada al infinito y que, a un tiempo, celebran la vida reafirmándola. Su contemplación es una experiencia perceptiva que recorre y atraviesa la sensibilidad iluminándola.
¡Pintura pues, verdadera pintura!
Esther Plaza Llorente
Presidenta de la Asociación Madrileña de críticos de Arte
