C. C. Clara del Rey – Museo ABC
Amaniel, 29
Hasta el 7 de abril
Javier Rubio Nomblot
“Formas que proceden de la Naturaleza, de la que formamos parte. Formas imaginadas, no reales, que se unen en una danza equilibrada. Hablo del camuflaje necesario con la Naturaleza, de la pertenencia a ese mismo tejido, de los vínculos y conexiones no tangibles, que no se ven, pero están ahí…”. No carece de ambición el programa de Marta Maldonado (Málaga, 1967): se trata, en definitiva, de percibir aquellos ritmos –una “danza”, tema este recurrente en su obra y al que ya le dedicó su exposición Desvelos (2023), en Tabacalera- que subyacen en la naturaleza y que de algún modo nos atraviesan como a todas las cosas; un “tejido”, también -que la teosofía denomina “Fohat”-, que se extiende por todo el universo estableciendo “vínculos y conexiones no tangibles” entre todos los objetos del cosmos. El expresionismo –no importa si se refiere a formas “reales” o es decididamente “abstracto”- tiene siempre un carácter utópico. En gran medida, es aquello que le quedó a la pintura –al pintor- cuando la fotografía le hurtó su papel de –único- hacedor de imágenes (eso y un análisis semiótico eterno y pasablemente árido del plano): expresar “lo que no se ve, pero está ahí”. Está, o tal vez esté (la ciencia tampoco ha observado el Fohat, ni ha medido todas las relaciones entre todas las cosas): hay siempre un guiño a lo imaginario, a lo fabulado, a lo presentido; pero lo que importa, tanto en el expresionismo como en el surrealismo –el automatismo psíquico que busca revelar la potencia oculta en el fondo del individuo-, o en la fábula y la hipérbole, es que sólo mediante esos procesos –la exageración, la acción, el instinto…- puede llegarse a “lo real”: ese rodeo, esa inmersión en lo imaginario, anima la pintura, la dota de un mensaje cierto. Porque las cosas, existan o no vínculos indetectables entre ellas, portan todas el germen de un sentido.
Hay cada vez más automatismo –más libertad– en la pintura de Marta Maldonado; o mejor dicho: menos concesiones. Su obra de los 90 –sobre la que escribí en varias ocasiones, como lo hice para todos los pintores de Alfama- está ligada al resurgimiento de un movimiento figurativo joven al que no fue ajeno uno de sus maestros, Carralero, y que tuvo mucho éxito en aquellos años. Marta desarrolló un estilo propio, centrándose –paradójicamente, a la vista de su discurso actual- más que los pintores de la escuela a la que entonces llamé de jóvenes paisajistas (y a la que relacioné con la Escuela de Madrid), en los espacios urbanos o las naturalezas muertas; pero aquella obra juvenil era, pese a su originalidad, una amalgama de influencias y recursos –incluidos el collage y las materias de carga-, como no puede ser de otro modo: se trata, al principio, de absorber. Desde hace unos años –véase, por ejemplo, su serie El horizonte de los sucesos, de 2017-, se aprecia una búsqueda de una pintura despojada de efectismo, más pura o sabia: la artista desarrolla series basadas en ideas –Rreflejos (2018), Instantes (2019), Entrelazados (2022), Desvelos (2023)…- apostando por una expresividad radical que no siempre es fiel a un canon de belleza; la obra de Maldonado –que siempre se había caracterizado por su luminosidad y la viveza de los colores- no busca ya ser amable; hay una urgencia por expresar ideas o, más bien, fuerzas –y de hacerlo sólo con la pincelada, con el gesto– que en cierto modo supera sus propias ideas sobre ese objeto misterioso al que llamamos el cuadro. Así lo ha entendido Manuela Ruiz Berrio en su texto para el catálogo de esta exposición, Lo que no se ve: “El artista desde una absoluta vulnerabilidad se asoma al precipicio, al riesgo, a la búsqueda y al diálogo con la obra. Somos permeables, sensibles, no hay caparazón que nos proteja de lo que nos rodea, de nuestros cuestionamientos; en esos momentos nuestra fragilidad consentida y deseada es máxima. Se manifiesta la fragilidad en el hecho de ir desnudándose poco a poco”. Es así, ciertamente, como una artista –especialmente una expresionista- llega a su madurez plena: cuando los impulsos –que no se ven– se imponen sobre las ideas que cada cual tiene acerca de la pintura –del lenguaje. Sólo así puede aparecer el artista que todos buscamos: el que crea lenguaje.
