IM MEMORIAM, FRANCISCO APARICIO

22 septiembre 2024

El pasado 11 de septiembre fallecía, en Madrid, el escultor Francisco Aparicio, a los 88 años. Fue Premio Nacional de Escultura y Premio Tomás Francisco Prieto y posee una larga nómina de obras en espacios públicos: Universidad de Málaga, Isabel la Católica y Fray Juan Gil en Arévalo, Toledo, Cuenca, Manila, Bruselas, Los Angeles… Su estética formal se mueve en lo que Antonio Leyva denominó la realidad creada.

Surgió en los años sesenta y en ese momento el realismo comenzaba a verse acosado por la abstracción, que acabó imperando como un lenguaje de ese tiempo. No embargante, los figurativos se desdoblaron: unos se unieron en la ortodoxia realista y el hiperrealismo, como Antonio López y Cía, y otros ahormaron lo que se conoció como nuevo realismo, también neofigurativismo, entre los que se encontraban Francisco Aparicio, Julio Álvarez y otros.

Francisco Aparicio Sánchez nació en Yepes, en 1936, al estallar la guerra civil, viviendo una niñez desoladora y acre. Su familia fue luego a Salamanca y más tarde a Madrid, donde comienza a estudiar en un internado. Con una beca de la Diputación de Madrid accede a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde se licencia en 1958.

Él, agradecido y generosos, siempre se acordó de dos maestros, el escultor Fermín Garbisu, que le enseño los secretos de la madera, y Tomás Casado que le hizo interiorizar el mundo del dibujo. En la Escuela de San Fernando tuvo profesores como Pérez Comendador, don Gervasio, Luis Marco Pérez o Chebé. En todo caso, superada la enseñanza reglada, se orienta hacia las obras de Giacomo Manzú y de  Arturo Martini, que son sus mejores y más notables influencias.

En 1961, con una pieza extraordinaria, “Pídola”, piedra artificial, 95x55x50 cm, consigue el Premio Nacional de Escultura, lo que le da importancia y consideración, realizando el año siguiente su primera muestra individual, en la galería Abril. Ahí comienza una larga trayectoria plagada de exposiciones, nacionales e internacionales; obras en espacio públicos y la docencia, pasando por Marqués de Cubas, la Escuela de la calle de la Palma y concluyendo en al Escuela de las Artes del libro.

Paco Aparicio llevó a cabo una efectiva y amplía formación, era un profesional muy cualificado y eso evidencia su técnica impecable y la variedad de asuntos y técnicas que abordó con éxito. Trabajó la piedra artificial, la madera, la chapa, el bronce. Desde el fragmento, el hueco, a la solidez del realismo humanizado. Esculpió figura de bulto redondo, retratos, escenas, relieves. Fue un prestigioso medallista, de ahí el Premio Tomás Francisco Prieto de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.

La medalla fue determinante en su andadura creativa. Como medallista participó en los encuentros internacionales de FIDEM, entre 1967 y 2014, en Montecatini, Budapest, Florencia, Estocolmo, Colorado Spring, Londres, Neuchâtel, Berlín, Colonia, Lisboa, Cracovia, Seixal, dejando una estela de piezas memorables.

Tuvo muchos otros galardones, pero lo que le dio una gran visibilidad fue el diseño de la moneda de curso legal en la República de San Marino. Su trayectoria dejó miles de obras y una amplia bibliografía de críticos e historiadores: José Marín Medina, Campoy, Adolfo Castaño, Castro Arines, Ramón Faraldo, Pepe Hierro, Alfonso López Gradolí, Ángel Crespo, Julio Diamante, Pérez-Guerra y Antonio Leyva, que le analiza con precisión en su monografía Francisco Aparicio. La Realidad creada, Madrid, 2018.

En los años sesenta/setenta tuvo un eco deslumbrante con piezas como Pídola, Frailes, donde sigue la estela de los italianos, pero con acento propio. Mediados los setenta, en sus bloques o cubos, conceptualiza las ideas y da un sesgo muy existencial a sus obras, imbricando geometría y figuración: es el caso de Auschwitz, Agosto, Eva, La noche Luego se diversificó un tanto y hay una vuelta a la figuración realista tradicional.

No olvidó el retrato que lo practicó con solvencia: en bronce dejó la impronta del poeta Eduardo Zepeda-Henríquez. Uno de los primeros, en piedra artificial, el de nuestro colega y amigo Benito de Diego, el del doctor Torreblanca, Miguel Galparsoro. Un escultor comprometido, que tuvo que alternar trabajos alimentarios con otros donde la fantasía nos regalaba sensaciones espirituales, pero sin renunciar nunca a la dignidad.

Expuso en galerías tan diversas como Abril, Sen, Círculo 2, Tolmo, Casa del siglo XV, Ansorena, Orfila…donde era un asiduo; allí lo encontré en numerosas ocasiones. No hay un grupo formal de Orfila, pero si una pléyade de habituales y amigos, que conforman la familia Orfila, a la que pertenecía este escultor figurativo, distinto, que conceptualizo la figura y que supo hacer de la forma un mensaje existencialista, haciéndola reconocible más allá de la exigencia referencial.

                                                                                                               Tomás Paredes